lunes, 29 de octubre de 2018

Yo vi a Bolsonaro en el mundial, cuando Brasil se metió autogol



Trompicándome contra los brasileños que iban delante mío, logré sacar mi cámara para fotografiar aquel enjambre humano que también venía detrás de mí. Y es que el puente peatonal que nos llevaba a todos hacia la Arena Kazán de la República de Tartaristán se convirtió en una colmena gigante donde las abejas no solo zumbaban entonando los mismos cánticos falados en portugués, sino que bajo las camisetas verdes y amarillas su color de piel era prácticamente el mismo.

Según los estereotipos futboleros de cada país, el de Brasil dicta que sus torcedores se distinguen por el ritmo zambo de la batucada al cual mueven sus caderas cuando arriban a la cancha. Pero tan pronto salí del puente aquel, más que tambores y baterías lo que yo vi fueron banderas con los escudos de los equipos identificados con las minorías europeas del sur de ese país: los italianos del Palmeiras de São Paulo, los alemanes del Gremio de Porto Alegre, los aristócratas cariocas del Fluminense y del Flamengo.

Era pues una inmensa torcida de gente blanca alentando a la selección de una nación tan diversa cuya población está compuesta por un 50% de pardos y pretos, hoy día reconocidos como afro-descendientes. Pero los pardos y pretos, en Kazán, acaso eran menos de once.

Yo conocí el significado en castellano de la palabra torcida cuando vi al Scratch du Oro dar la vuelta olímpica tras alzar su última copa del mundo en 2002 (año de la elección de Lula da Silva) mientras en la televisión aparecía una manta gigante que decía: Gaviões da Fiel. Se trataba de los torcedores del Sport Club Corinthians Paulista, cuya historia revolucionaria tendió un puente entre fútbol y política al abogar por el voto directo de los brasileños durante la época de la dictadura militar. Nacido en el norte del país, Sócrates, fantástico mediocampista quien simbolizó la ideología corinthiana dentro y fuera del campo de juego, solía decir que "se puede ganar o perder mas siempre con democracia".



Sin embargo, aquella noche en el estadio no vi ningún atisbo de la Gaviões, pese a que repasé con la mirada todas y cada una de sus tribunas. El mundial Rusia 2018 (año de la elección de Jair Bolsonaro) debía redimir a la Verdeamarelha luego de la paliza propinada por la selección alemana en Belo Horizonte cuatro años atrás, cuando la situación política comenzó a cambiar para mal. Acaso la memoria del 7-1 impidió a los torcedores torcer con esa algarabía que desde el exterior le achacamos siempre al alegre pueblo brasileño.

El principio del fin de Brasil en Kazán, el autogol de Fernandinho ante Bélgica a la salida de un córner, marcó también la conversión de la torcida de blancos en una torcida de mudos.

Atónitos, los brasileños del graderío lanzaban ojos suplicantes a los once brasileños sobre el césped. Neymar, Willian, Miranda, Thiago Silva, Paulinho, Gabriel Jesús y Marcelo llevaban los mismos colores que sus compatriotas, con la salvedad que la piel debajo de sus camisetas de fibras ultraligeras era morena. Pareciera que son los futbolistas los únicos miembros del 50% afro-descendiente cuya tez no es motivo de desconfianza para ese electorado branco que ha expresado su malestar político en términos de un implícito revanchismo racial.

Al relevo de Sócrates, ha sido otro jugador nordestino, Juninho Pernambucano, quien aludió públicamente a los legendarios Ronaldinho y Rivaldo por promover al militarista Bolsonaro en Instagram: "Me quedo estupefacto cuando veo a un futbolista o exfutbolista apoyar a la derecha. Nosotros venimos desde abajo, fuimos criados con las masas ¿cómo te vas a ir del otro lado? ¿vas a apoyar a Bolsonaro, hermano mío?" 

Quien en su carrera futbolística fuera todo un francotirador superando barreras desde fuera del área, ahora también da en el blanco sobre la situación social de su país:

"La élite ejerce un dominio mental... cuando yo vivía en condominios acomodados vi a los padres heredando el odio a los hijos. Una cosa surrealista". 


Lo que para Juninho es una incógnita, es decir, el respaldo de grandes figuras del balompié amazónico hacia un discurso de intolerancia, es explicado por el periodista Euan Marshall como un proceso de despolitización del futbolista al asimilarse al éxito económico: conforme el balón lo lleva de jugar en playas o favelas a jugar la Champions League, deja de preocuparse por los modos tradicionales de inclusión social como el estudio y el trabajo... y comienza a irritarse por el desorden y la delincuencia. 

En otras palabras, el fútbol de hoy les va blanqueando la piel.

De haber estado en Kazán, Sócrates hubiera visto en aquellos brasileños la imagen de una sociedad monocromática, opuesta al pensamiento corinthiano de inclusión y participación: la imagen de un país sin su otra mitad. O, si se quiere, la imagen de un equipo de fútbol cuyos torcedores están ahí, pero sin alentar, y cuyos jugadores juegan para sí mismos en lugar de jugar colectivamente. A diferencia de la pentacampeona mundial del 2002, la Canarinha del 2018 es una selección nacional que ha caído derrotada metiéndose goles en propia puerta.




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